DE LO PROSOCIAL, LO ALTRUISTA Y LO HUMANO

Entrevista a José María Martínez Selva, catedrático en psicología fisiológica 1/3
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Entendemos como conducta prosocial toda aquella expresión social del individuo de una manera positiva, que no es dañina, para con los otros y, a su vez, esta conducta puede estar motivada por una cuestión altruista, es decir, que no busque el beneficio propio (González, 1992). Dicha conducta puede elicitarse porque, literalmente, experimentamos el dolor ajeno y necesitamos remediar dicha situación (Hatfield, Cacioppo y Rapson, 1993), porque sentimos una mezcla entre tristeza y amor incondicional, a la que llamamos compasión,  hacia la persona que vive esa situación injusta y dolorosa (Sprecher y Fehr, 2005), y  porque es, sencilla y llanamente, nuestro principal mecanismo de supervivencia como especie (Nesse y Elssworth, 2009).

Los seres humanos experimentamos emociones, sentimientos y pensamientos, que motivan la conducta, más allá de la regulación neurobiológica que permite la supervivencia, pues ésta es tan real como la emoción que la elicita y la cultura que la modula (Damasio, 1994). Del miedo por nuestra integridad y la pena por la de los demás nacen la compasión y el coraje necesarios para abordar la ayuda de nuestros semejantes ya que, psicobiológicamente hablando, estamos predispuestos innatamente para ello como resultado, entre otros aspectos, del apego que nos profesamos como animales sociales que somos (Bowbly, 1982; Mikulincer y Shaver, 2005). De hecho, tal es la magnitud del sufrimiento que podemos soportar los seres humanos que esta manifestación de empatía, la compasión y más específicamente el altruismo que abordamos, nos permite ayudar a los demás con independencia de la relación que tengamos con aquellos a los que asistimos en una emergencia (Goetz, Keltner y Simon-Thomas, 2010), suponiendo entonces una figura central en aquellas culturas más avanzadas socialmente hablando (Sober y Wilson, 1999) para convertirse , a su vez, en un principio ético y moral de lo que es correcto (Haidt, 2003).

Existen diversas teorías que señalan al cerebro social-prosocial, y más específicamente la compasión y el altruismo por los demás, como la baliza que impulsó decisivamente  el desarrollo de los seres humanos. La primera postula que la compasión es inmediatamente necesaria para poder proteger a nuestra progenie más vulnerable, como aquella que nace prematuramente y, por tanto, necesitada de ayuda (Mikulincer y Shaver, 2003). Dicha experiencia afectiva elicita la interacción a través del contacto físico y diversos estilos de comunicación entre el individuo vulnerable, en este caso el niño, y sus figuras de referencia más inmediatas, como son sus progenitores, abuelos y hermanos, no sólo en humanos sino también en nuestros parientes más cercanos –chimpancés y bonobos- sugiriendo un origen más antiguo del esperado (Warneken y Tomasello, 2006). Otras líneas de investigación como la que proponen Spikins, Wright y Hodgson (2016) se centran en la importancia que ha tenido la compasión y la moral colaborativa en la inclusión, por ejemplo, de individuos dentro del espectro autista, debido tanto al valor savant de algunos a la hora de crear mejoras tecnológicas gracias a su capacidad especialista tanto a nivel técnico, como perceptivo o social, y a su papel como elemento central para todo tipo de conducta prosocial dentro de una comunidad.

Asimismo, todo lo anterior junto a la influencia de diversos genes pudo haber provocado una encefalización mayor a lo largo de todo nuestro proceso evolutivo como especie y una maduración del sistema  nervioso central más progresiva y lenta, comparada con la de otros primates,  que incidiera en su desarrollo cognitivo (Rosales-Reynoso, 2015). Entre otros genes se encuentran el SHH -conocido también como gen Sonic Hedgehog– y está vinculado al desarrollo del sistema nervioso (Dorus, 2006);  el ADCYAP1, que incide en la proliferación de los distintos estadios de la  neurogenesis (Dicicco-Bloom,  Lu, Pintar y Zhang, 1998); y el FOXP2, que se cree haber influido determinantemente en el desarrollo del lenguaje (Prochiantz, 2010).

La segunda teoría que involucra a la compasión como elemento evolutivo se centra en su valor como atractivo a la hora de escoger una pareja (Miller, 2007).Ser capaces de cuidar e incluso sacrificarse por nuestro compañero o nuestra prole tiene un valor adaptativo innegable a la hora  de atender a los elementos más cercanos de tu entorno en tiempos de necesidad, así como el justo reparto de los recursos, proteger a los demás de un daño físico y mejorar las opciones de supervivencia de los hijos, lo que puede incidir a la hora de formar relaciones monógamas y duraderas (Neff y Karney, 2009). En cuanto a este punto, la monogamia, Schultz y Dunbar (2007) explican que debemos atender no sólo al tamaño de un grupo de individuos para entender cómo el cerebro social explica el desarrollo del encéfalo actual gracias a la socialización de los seres humanos, sino a la formación de parejas duraderas en el tiempo. Comparando cerebros polígamos y monógamos entre especies se llegó a la conclusión de que estos últimos presentaban un tamaño de tejido asociativo mayor que los primeros debido a la mayor complejidad de demandas y necesidades que exige mantener un entorno familiar sano y salvo (Dunbar, 2009), lo que puede hacerlo determinante a la hora de asegurar un comportamiento prosocial y, por tanto, considerarlo como elemento evolutivo indispensable en el cerebro de los seres humanos.

Por último, una tercera teoría va en la dirección de explicar la conducta prosocial como elemento capital en la formación de relaciones cooperativas con extraños y con aquellos grupos a los que no pertenecemos (Nesse, 2007). La colaboración entre exogrupos pudo haber dado lugar al altruismo motivado por las relaciones de beneficio mutuo de larga duración en distintos contextos y a la creación de un marco normativo de lo que es correcto o no, valorando lo altruista y castigando lo egoísta, determinando el nacimiento de un acervo cultural cada vez más complejo en poblaciones cada vez mayores (Richerdson y Boyd, 2005) y, asimismo, creando un sistema de estados emocionales –que pueden ir desde el agrado al odio mutuo- permitiendo a aquellos que no comparten lazos iniciar, mantener y regular recíprocamente relaciones altruistas (Gintis, 2000). En este sentido, valorando la coevolución entre la expresión de nuestros genes y la cultura, Chiao y Blazinski (2010) llegaron a la conclusión de que existe una relación entre la expresión del HTTPLR, región polimórfica del SLC6A4 -gen que transporta la serotonina- del cromosoma 17, y la formación de una cultura individualista o colectivista. Aquellas poblaciones que presentaban el alelo S -corto- del polimorfismo mostraban predisposición a la ansiedad y a la depresión por encima de aquellas que presentaban el alelo L -largo-, determinando a los primeros a presentar una cultura colectiva y al apoyo mutuo con mayor frecuencia que los segundos.

Si bien los mecanismos neuronales del altruismo siguen siendo desconocidos (Weng, 2013), el entrenamiento en compasión (COM) y en reevaluación cognitiva (REP) pueden arrojar cierta luz al respecto. Por su parte, la intencionalidad del COM es entrenar al sujeto para que aumente su preocupación por el malestar ajeno y le motive a resolver dicha situación (Lutz, 2008), mientras que el REP se centra el disminuir el malestar del propio sujeto (Oschner y Gross, 2005). Un estudio sobre dichos entrenamientos en conducta prosocial encontró una alta conectividad, en conjunto, de la corteza prefrontal dorsolateral (DLPFC), el núcleo accumbens, la amígdala y la corteza parietal inferior (IPC), encontrando activación en esta última únicamente en el COM (Weng, 2013). La IPC pertenece a la Red de Neuronas Espejo (MNS) y está asociada a la recreación propioceptiva del sufrimiento ajeno (Gallese, Keysers y Rizzolatti, 2004).

La MNS es un grupo de neuronas especializadas que reflejan las acciones y conductas de los demás y su descubrimiento supuso un salto cualitativo en el campo de las neurociencias (Rajmohan y Mohandas, 2007). Entre sus funciones destacan: la imitación, por la activación principalmente del surco temporal superior (STS), el giro frontal inferior (IFG), la IPC y la DLPFC (Iacoboni, 2005); la comprensión de la acción, presentando una activación del STS, el lóbulo parietal inferior (IPL) y el IFG (Hari, 1997); el lenguaje, con la región dominante del área de Broca, esto es, parte del IFG izquierdo, influyendo en la lateralización dominante y diestra de los humanos (Meister, 2003) ; la teoría de la mente, que incluye la integración prácticamente de todo el circuito incluidos el IPL, el IPC, el STS, la DLPFC, la amígdala, la corteza del cingulado anterior (ACC), la corteza orbitofrontal (OFC), la corteza somatosensorial y el precúneo (Siegal y Varley, 2002); y la empatía, que activa el IFG, el STS y el IPL derechos, el ACC, el precúneo, la ínsula, la amígdala, la corteza prefrontal ventromedial (VMPFC) y la corteza sensorial (Iacoboni, 2005).

Al analizar lo anterior podemos concluir que nuestro cerebro social es un circuito de citoestructuras directamente relacionadas que nos han permitido poder actuar, comunicar, sentir, predecir y asistir a los demás como conjunto de elementos evolutivos dentro del mismo continuo y que, gracias a la naturaleza colectiva y cultural de nuestra especie en permanente interacción con la neurobiología  y genética humanas, hemos sobrevivido:

“La historia de nuestra civilización es, hasta cierto punto, la historia de un esfuerzo persuasivo por extender los mejores sentimientos morales a círculos cada vez más amplios de humanidad, más allá de las restricciones de los grupos internos, y que eventualmente abarquen toda la humanidad.” (Damasio, 2003, pp. 159)

 

Referencias Bibliográficas

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José Miguel Martínez Gázquez.

 Neuropsicólogo, secretario y coordinador del grupo de Arte de AMUNE Asociación Murciana de Neurociencia.

2 Comments

  1. Javier Tirapu dice:

    MI mas sincera felicitación. Magnifica entradas. UN abrazo

    • Picazo dice:

      Muchas gracias Javier. Es una auténtica motivación que a un gran profesional como tú le gusten nuestras entradas. Un abrazo de parte de todos los que formamos AMUNE.

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