Modelos animales

Estrés, emoción y procesos cognitivos
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“Un modelo animal con relevancia clínica y/o biológica en la neurociencia de la conducta es un organismo viviente usado para estudiar las relaciones cerebro-conducta bajo condiciones controladas, con el fin último de conocer mejor y permitir predicciones sobre estas relaciones en los humanos y/o una especie distinta de la estudiada, o en la misma especie bajo condiciones distintas de aquellas en las que el estudio se desarrolló”(van der Staay, 2006, pp. 133–134).

Desde que el hombre desarrolló el interés por la ciencia buscó poner a prueba sus hipótesis sobre unos modelos funcionales, estos deben de ser útiles para la búsqueda de conocimiento sobre los substratos subyacentes y los mecanismos que controlan la conducta (D’Mello y Steckler, 1996) ser lo más fieles posible a la realidad de la condición humana (Porges, 2006) y preservar al máximo la integridad de los sujetos de estudio.

Muchos son los experimentos que se han realizado con personas que no siempre han tenido en cuenta el bienestar del individuo; al fin y al cabo, “Las ideas no vienen del cielo, sino de los hechos, y la experiencia es el control de los hechos” (Claud Bertrand 1813-1878). A este respecto son famosos los estudios de Watson[1] sobre el conductismo en 1921 (Watson y Watson, 1921) o, algo más reciente, Milgram sobre la obediencia a la autoridad[2] (para una revisión ver McLeod, 2007).  De ahí que la Asociación Médica Mundial redactara un documento en Helsinki que establecía las pautas para la experimentación humana en 1964 y que llega hasta nuestros días[3].

De forma análoga, los experimentos con animales tienen sus propias normas elaboradas por el Institute of Laboratory Animal Resource (1999) de EEUU, según los cuales, se deben considerar los siguientes puntos para la elaboración y revisión de los protocolos para el cuidado y uso de los animales:

  • Razón y objetivos propuestos para el uso de los animales.
  • Justificación de la especie y número de animales requeridos. Siempre que sea posible, el número de animales que se requieren deberá justificarse estadísticamente y adherirse a la regla de las 3Rs: Refinamiento de las pruebas empleadas, Reducción al mínimo del número de ejemplares y Reemplazo, siempre que sea posible, por otro modelo que no se base en el estudio animal.
  • La disponibilidad o adecuación de la aplicación de procedimientos que causen el menor daño, otras especies, preparación de órganos aislados, cultivo de células o tejidos, o simulación computarizada.
  • La calidad del entrenamiento y experiencia del personal involucrado en los procedimientos usados.
  • Requisitos de crianza, alojamiento y manejo no usuales.
  • Anestesia, analgesia y sedación apropiados (las escalas de dolor y daño pueden ayudar en el diseño y revisión de los protocolos).
  • La duplicación innecesaria de experimentos.
  • La realización de varias intervenciones quirúrgicas mayores, en el mismo animal.
  • Criterios y mecanismos para la intervención oportuna, retiro de los animales del experimento o eutanasia, en caso de prever la ocurrencia de dolor o estrés grave.
  • Cuidados después del procedimiento.
  • Métodos de eutanasia y eliminación de los cadáveres.
  • Ambiente laboral seguro para el personal.

El uso de modelos animales en el contexto de laboratorio es algo que conecta con la sensiblidad de las personas, al margen de esto y sin entrar en debates innecesarios, estos modelos quedan justificados por su utilidad en la explicación de la conducta humana y por la continuidad que se establece entre las distintas especies a lo largo de su evolución (Darwin, 1859), los animales pueden usarse como modelos de la conducta humana porque en realidad no hay diferencias sustanciales entre la fisiología animal y la humana. Sin embargo, existe una barrera, un salto cualitativo entre la especie humana y el resto de animales, que dificulta que la generalización de los modelos animales sea completamente fiable. En futuras entradas veremos cómo se llevan a cabo estudios de validez de estos modelos animales.

 

Referencias

D’Mello, G. D., y Steckler, T. (1996). Animal models in cognitive behavioural pharmacology: an overview. Cognitive Brain Research, 3(3), 345–352.

Darwin, C. (1859). On the origin of the species by natural selection.

Institute of Laboratory Animal Resources, E. U. (1999). Guía para el cuidado y uso de los animales de laboratorio. National Research Council.

McLeod, S. A. (2007). The milgram experiment. Simply Psychology. Retrieved from http://www.edmotivate.com/uploads/4/7/6/4/47648491/milgram_experiment.pdf

Porges, S. W. (2006). Asserting the role of biobehavioral sciences in translational research: The behavioral neurobiology revolution. Development and Psychopathology, 18(3), 923–933.

van der Staay, F. J. (2006). Animal models of behavioral dysfunctions: Basic concepts and classifications, and an evaluation strategy. Brain Research Reviews, 52(1), 131–159. https://doi.org/http://dx.doi.org/10.1016/j.brainresrev.2006.01.006

Watson, J. B., y Watson, R. R. (1921). Studies in infant psychology. The Scientific Monthly, 493–515.

José Antonio Picazo Aroca

Doctorando en Neurociencias, coordinador de grupos y tesorero de AMUNE

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=iUFN1eX2s6Q visitada el 08/06/2017

[2] https://www.youtube.com/watch?v=iUFN1eX2s6Q visitada el 08/06/2017

[3] http://www.unav.es/cdb/ammhelsinki2.html visitada el 08/06/2017

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